Apenas estaba terminando de vestirme cuando sentí que pequeñas gotas de sudor comenzaban a formarse en mi frente.
Al pasar frente al espejo, mi rostro pálido y distorsionado por el dolor me asustó. Era como si no reconociera a la persona reflejada ahí.
Me obligué a tranquilizarme. No podía permitirme aparecer frente a quienes esperaban mi caída luciendo así de débil. No debía mostrar esta imagen a nadie.
Detuve lo que estaba haciendo.
Lo más urgente no era enfrentar a Carlos, sino resolver l