No era un beso, era más bien un castigo que me dejaba sin aliento.
Todo mi alrededor estaba impregnado de un fuerte olor a sangre. No sabía si provenía de la herida de Carlos o de nuestras bocas.
En cualquier caso, era la experiencia más desagradable que jamás había tenido al besar a alguien.
Tan desagradable que, por un instante, tuve una idea absurda y ridícula:
Carlos estaba gastando sus últimas fuerzas para asegurarse de morir sobre mí.
Me había acostumbrado a que siempre me mirara fija