Cedric se movió sin dudarlo. Su cuerpo enorme se interpuso entre Lyra y la criatura, clavando sus patas en la nieve mientras un gruñido bajo, profundo y letal vibraba en su pecho.
El Vargor no retrocedió, ni mostró miedo. Sus ojos, hundidos y brillantes, no estaban puestos en Cedric… sino en Lyra.
Siempre en Lyra.
—Apártate… —la voz se deslizó en la mente de la loba blanca, podrida, antigua—. No eres tú a quien vine a reclamar…—gruñó hacía Cedric mientras que Lyra sintió un escalofrío rec