Alondra tenía los ojos encharcados de lágrimas, estaba pálida y demacrada, ojerosa y tenía la carita desencajada. Había estado llorando toda la noche. No me podía engañar. -¿Qué es lo que te sucede?-, me alcé sorprendida desde mi escritorio, viéndola llegar a la agencia como una sombra vacía, apagada y exánime, lanzando su cartera y su abrigo, cuando ella siempre los colgaba en la percha con mucho cuidado. No me contestó, prendió su computadora y volvió a ponerse a llorar.
De un brinco salté