No tenía sueño. No quería dormir tampoco. Estuve, casi, una hora allí sentada, mirando mi móvil, viendo mis uñas, jalando mis pelos aún mojados, repasando lo que había comprado en el mercado, cuando tintinearon, al fin, las tazas y las cucharas y de repente, se desató un viento fuerte, golpeando los ventanales de la casa, incluso el ciclón repentino azotó la puerta principal. Tragué saliva- -Hora de la verdad, mi amor-, me dije convencida, apretando los puños con resolución, dispuesta a enfre