Ese jueves, al fin, apareció Hauss. Yo recién terminaba de hacer el diseño de un tríptico de una florería que requería, urgente, de publicidad. Tocó la puerta y metió la nariz muy confianzudo. -¿Se puede, Patricia?-, me preguntó riéndose.
-Mi vida está de cabeza, los fantasmas me buscan y no me dejan en paz-, le dije mortificada.
Hauss miró con curiosidad mis cuadros grandes de los avisajes que modelé. Estiró una larga sonrisa en el que aparecía en el acuario del que había sido dueño a