La noche había caído con una tristeza densa y persistente, de esas que se sienten en los huesos, que se cuelan por las rendijas del alma y dejan una marca invisible. La casa de Ethan estaba sumida en un silencio inquietante, un mutismo que no traía paz, sino una tensión palpable que impregnaba cada rincón. El aire era pesado, como si las paredes mismas contuvieran la respiración, esperando a que alguien dijera algo que aliviara la opresión que flotaba en el ambiente.
Adrián, desde su habitación