Leonardo estaba de pie frente al altar, el corazón latiéndole con una mezcla de nerviosismo y anticipación. La catedral, una obra maestra de arquitectura renacentista, estaba decorada con la más exquisita sencillez, acorde con el estilo que siempre había definido a Rossi: elegancia sin ostentación. Los altos ventanales de vidrieras dejaban entrar la luz dorada de la tarde, que caía suavemente sobre los bancos de madera oscura, llenando el espacio con un resplandor cálido y celestial.
El eco de