III

Su confesión la deja enmudecida. Las mejillas se le sonrojan y su corazón comienza a palpitar entusiasmado, pero ella lo obliga a calmarse.

—Tú eres raro también— muerde su labio inferior antes de agregar —y bonito, y no te trato como si me repulsara tu presencia.

—Aw, ¿crees que soy bonito? — se sienta y le da una mirada maliciosa.

Su estómago da un vuelco, de nuevo sorprendida por sus palabras y sin saber cómo responder a eso, pregunta:

—¿Ya te afecto el tequila? — lo ojea con atención, por la manera en que sus labios se estiran, ya sabe la respuesta.

Su sonrisa floja, siendo la única que ha visto, le parece de lo más encantadora y la idea de acercarse a sus labios la tienta de nuevo, pero no.

Puede que esté muy ebria, pero aun así sabe que besar con su compañero de cuarto es una pésima idea que generara problemas que no está preparada para afrontar.

—Un poquito— levanta la mano e ilustra sus palabras con su pulgar e índice.

—¿Quieres jugar lo conoces o bebes?

Abre los ojos y levanta la cabeza, mirándola con confusión. Andrea procede a explicar, intentando modular lo mejor posible, de que va el juego.

—Elegimos una categoría, como películas, si menciono una que no conozcas tomas.

Matteo asiente y vuelve a dejar su cabeza en el suelo. Es impresionante lo mucho que le han afectado dos tragos de tequila, pero nunca antes lo ha visto beber más que una copa de vino, así que eso explica muchas cosas.

A ella la comida le ha ayudado a disminuir un poco de su ebriedad, por lo que bebe en conjunto con Matteo, sin importar que sí conozca las películas que menciona. Necesitaba volver a su estado casi inconsciente.

Sabía que no era la solución a sus problemas, pero luego de una semana de exámenes, una conversación difícil con su madre en donde se vio en la obligación de mentir y la notificación de rechazo de su préstamo en el banco, parecía ser que se lo merecía.

Necesitaba una noche para olvidarse de todos sus problemas, grandes e insignificantes. Necesitaba una noche en la que se fuera a dormir con la mente despejada, en que pudiera cerrar los ojos y caer en los brazos de Morfeo sin pasarse media hora contemplando el techo buscando soluciones a sus problemas económicos, emocionales y estudiantiles, porque después de recibir la nota del examen pasado de fotografía ya no estaba fallando un ramo sino dos.

Química 3 era fácil, Liv le estaba ayudando con eso, pero fotografía era un infierno, nada parecido a lo que había pensado cuando lo tomo como un curso extra. Lo peor es que ni siquiera entendía en que fallaba. El maldito profesor no había enviado los comentarios, así que no sabía que estaba mal, pero no podía creer que su trabajo hubiera estado tan horrible.

Sí, su cámara era la de un Samsung cualquiera, pero el esfuerzo que había puesto editando las fotos y trabajando en el concepto compensaba por la falta de calidad que no estaba en su control. Y le hubiera pedido la cámara a Matteo si no fuera porque él es un idiota demasiado serio que la aterroriza, aunque ahora, cuando está desparramado en el suelo intentando pronunciar “Interestelar” luce de todo menos amenazador. Es hasta un poco tierno.

—Interse… Insert…

—Interseteral— dice ella, intentando ayudarlo, pero al terminar se da cuenta que la ha dicho mal.

Riéndose de su propia estupidez, como buena borracha, se cubre el rostro para intentar sofocar sus carcajadas, pero Matteo se está riendo de ella y su risa es malditamente contagiosa, por lo que no puede controlarse y termina convulsionando de la risa. Sus hombros se sacuden y su cuerpo pierde el control, cayendo al suelo, donde continúa riendo.

—Cállate— le da un golpe en el hombro a Matteo.

—No puedo— jadea él, quien también intenta contener sus carcajadas.

Andrea intenta respirar para calmarse y lo logra, más o menos, aunque no puede detener la risita estúpida y casi silenciosa que sale de ella.

—Ah— Matteo se limpia las lágrimas que se le escaparon.

El silencio se asienta en el cuarto. La música, ese reguetón antiguo que ya nadie recuerda, se reproduce de fondo, las luces moradas son lo suficientemente suave que si cierra sus ojos pareciera que está en absoluta oscuridad. En un momento de cansancio sus ojos se cierran y el mundo comienza a desdibujarse.

—¿Por qué estabas tomando?

Inhala profundo, volviendo a la realidad.

—Para evitar mis problemas— responde sin ganas de pensar en una mentira.

—¿Son demasiados?

Entreabre los ojos y mira al suelo, para encontrar a Matteo con un brazo debajo de su mejilla, acurrucado en el suelo, probablemente frio.

Ebria, lo invita a acostarse a su lado, ignorando las posibles condiciones, olvidándose por completo de lo peligroso que es tenerlo a su lado.

Producto del Covid, Matteo es el hombre más aseado que ha conocido en su vida. Debe bañarse todos los días después del trabajo y cada dos días se lava el cabello. Al parecer ese día le tocaba ducha completa, porque apenas recuesta la cabeza a su lado, el champú masculino la envuelve. Su piel, limpia y afeitada hace que le piquen las manos por querer acariciarlo, pero retiene el impulso metiéndolas entre sus piernas y conteniéndolas ahí, esperando que se puedan abrigar también.

Matteo es una pésima idea, se repite varias veces, pero no logra creérselo.

—¿Qué problemas tienes? — insiste en saber.

—Uf, de todos. Estoy a una renta de quedarme en banca rota, probablemente repruebe dos ramos o uno solo, no sé— cierra los ojos y se los frota —y necesito acción, un orgasmo, Dios me conformaría con un beso en este momento.

El colchón se queja bajo el peso de Matteo y se hunde cuando él cambia de posición. Ahora puede ver su rostro de frente. Uno de sus pies roza su pierna, electricidad estalla en el lugar y se extiende por toda su extremidad, subiendo hasta su corazón para ponerlo a latir furioso contra su pecho.

Y ella como la idiota que es, se acerca a él, dando un pequeño brinco que no es para nada discreto.

Matteo sonríe, su ego abarcando todo el espacio, sabiendo que lo desea.

Pone una mano en su cintura. Sus miradas se encuentran otra vez y ahora no tiene como calmar las palpitaciones de su cuerpo que se extienden por todos lados, ocasionando dolor en sus pechos y entre sus piernas.

Se acerca un poco más, sus respiraciones mezclándose, sus piernas enredándose, listas para lo que viene a continuación.

Matteo pasa la mano en su cintura a la curvatura de su trasero y luego directamente a este y ella sonríe, porque como la mujer caliente que es, no le importa un poco de manoseo. Y mientras sus dedos la tocan, su rodilla se cuela entre sus piernas y sus labios se rozan, Andrea descubre lo abrumada y desesperada que se siente por recibir un beso, un mísero beso que ni siquiera sabe si será bueno o no.

El anhelo que consume su cuerpo la asusta demasiado. Se aleja bruscamente, y se gira, quedando boca arriba. Matteo suspira y también se acomoda en su lado.

Presiona sus labios en una línea fina y se maldice internamente por ser tan fácil, por estar a punto de caer en la tentación. Rodea su torso con sus manos y se encoje en su lugar, sin saber que decir ahora, las únicas dos neuronas en su cerebro debatiéndose sobre si lanzársele encima a Matteo o dormir. Al final, comienza a ganar la parte racional cuando él habla.

—Deberías hacerte un Onlyfans.

Abre los ojos de inmediato, se incorpora y lo mira como si le hubiera crecido otra cabeza.

—Estás loco.

—Ebrio— le corrige levantando un dedo. Entreabre un ojo para ver su reacción y luego lo vuelve a cerrar

—No voy a hacer eso— se cruza de brazos.

—¿Por qué no? Estás buena y desde siempre las empresas han utilizado el cuerpo de las mujeres para hacer dinero, mejor aprovecharse de eso.

Boquea por varios segundos, ladea la cabeza de un lado a otro y frunce el ceño. Levanta un dedo y luego baja la mando dándose cuenta de que su lógica tiene bastante sentido, excepto por el pequeño detalle de que, en su cabeza, eso no es lo que hace una respetable mujer, no se vende para el consumo de otros, no deja su cuerpo a la vista para que otros puedan verlo y abusar de la imagen.

—Piénsalo— murmura antes de darse media vuelta y acomodarse en su cama.

Que patudo.

Andrea, tú lo invitaste a dormir contigo, le recuerda su mente.

Cierra los ojos por unos segundos y después se lanza al colchón. Es una suerte que caiga tan cerca de Matteo —y que no lo golpee.

Demasiada cansada para moverse, decide quedarse ahí, es muy probable que durante la noche cada uno encuentre su lado y se separen.

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Y efectivamente cada uno encuentra su lado durante el sueño. Matteo se posiciona en medio de la cama y ella pegada a él, con la espalda contra su pecho cálido, una mano enredada en su cintura, la otra perdida en algún lugar entre sus cuerpos.

Necesitando más calor, se arrima contra él. Sus caderas encajan a la perfección, sus cuerpos son dos piezas de rompecabezas que calzan sin necesidad de presionarlas. Andrea está curvada, pues así es como duerme y Matteo la cubre sin problema, de pies a cabeza, él está ahí, siendo su escudo.

Hace tanto que no se acurrucaba con alguien, que se permite disfrutar de la sensación por unos minutos. El cuerpo masculino irradiando calor a sus espaldas, el peso de su brazo sobre su cintura, la mano curvada en su abdomen, su respiración tibia en la mejilla. Con una pierna dentro de la suya, todavía, se gira, quedando frente a él y hunde el rostro en su pecho. Matteo no tarde en volver a rodearla, sus brazos son un agarre de fierro alrededor de su cuerpo.

En esta posición es más fácil percibir su esencia masculina. Inhala profundo y se estremece.

Okey, ya ha sido demasiado, necesita dejar de ser una loca acosadora, levantarse y entretenerse hasta que Matteo despierte y se vaya de su cuarto. Pero primero, una respiración más, para estar segura de que recordará como corresponde su aroma. Después de eso estira el pie, deslizándose lentamente fuera de la cama tan solo para darse cuenta de lo helado que está.

Emite un quejido gutural y se da vueltas en su lugar. Ni de coña va a salir de su cama antes de lo necesario cuando pareciera que fueron trasladados a la antártica durante la noche.

Se aleja de Matteo, sabiendo que es lo mejor, se acomoda en su lado, cierra los ojos y espera que el sueño se adueñe de ella de nuevo, pero mientras va camino a los brazos de Morfeo, son los brazos de alguien más los que la agarran y tiran de ella, atrayéndola a la misma posición en que despertó.

Ella se aprovecha de la situación, vuelve a cerrar los ojos y se duerme, sin importarle lo que significa que esté envuelta en Matteo, como si fuera su pareja o alguien importante para él.

No siente nada por el pelinegro, nada más allá de deseo, pero eso no es relevante en este momento. Matteo tan solo debe ser alguien a quien le guste el contacto físico y ella es de esas personas que lo anhelan en todo momento, por eso terminaron en tal posición, además, con lo fría que está la mañana, es obvio que terminarían pegados, intentando conservar la mayor cantidad de calor posible. Así que no hay porque enloquecer, tan solo disfrutarlo y luego fingir que nada paso.

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