—Profesor Nieves, ¿deberías ir al hospital?
Urso frunció los labios y dijo: —No, hay un médico en la empresa.
Lorena asintió, con la culpa en el fondo de su mente.
—Tendré cuidado en el futuro.
Urso miró débilmente por la ventana, con la voz baja: —Está bien, no me duele.
Llegaron a la armería.
Urso salió cojeando del coche, Lorena lo sentía y se acercó a ayudarle, él no se negó.
Uno de los dos guardaespaldas de la puerta le preguntó con solemne frialdad: —Srt. Nieves, ¿estaba usted en peligro?