Danilo miró de nuevo su reloj de mano, se mordió el labio inferior y tamborileó un par de veces sus dedos sobre el blanco mantel. Luego de unos segundos de pensar en cuál sería su siguiente movimiento llamó a la señorita Irina con un chasquido, su ama de llaves personal apareció por la entrada del comedor en menos de lo que cantaba un gallo.
—Diga, señor —dijo la ama de llaves con simpleza.
Mary la observó con discreción. Su rojo cabello rizado medio largo y su recatada postura le pareció seria