Ana deambulaba sin rumbo en su auto, cuando vio que alguien la seguía. El auto lanzaba sus luces altas, ella se detuvo, debía tener miedo, pero no pudo.
Sin embargo, el auto se detuvo al lado de ella, bajaron la ventanilla y era Piero González.
Ella rodó los ojos.
—¿Qué quieres? ¡Deja de acosarme! Hoy no necesito que me salves, busca otra damisela en apuros.
Piero bajò del auto y subió al suyo, sin siquiera pedir permiso.
—¿No eres una damisela en apuros? ¿Y por qué tus ojos están tan hinchados