5

El tratamiento estaba funcionando. Eso era exactamente el problema.

Irina Salas tenía el despacho más ordenado que Damien había visto en su vida, y esa mañana, a las siete en punto, lo recibió con una taza de café ya servida sobre el escritorio y una expresión que era la de alguien que ha pasado la noche decidiendo cuánta verdad puede decirse de una sola vez.

—Siéntate —dijo, sin preámbulo.

Damien se sentó. No tocó el café.

Irina abrió una carpeta que ya estaba sobre el escritorio, como si la hubiera colocado ahí la noche anterior en anticipación de este momento exacto, y la giró para que él pudiera verla. Era una sola página. Una autorización interna de Mnemosis, fechada seis semanas atrás, con tres firmas al pie.

La suya era la última de las tres.

—No recuerdo haber firmado esto —dijo Damien, aunque su voz sonó más calmada de lo que se sentía.

—Lo firmaste hace seis semanas, en el paquete de documentación de renovación de contrato. —Irina entrelazó sus dedos sobre el escritorio—. Cuarenta y siete páginas. Es posible que no leyeras cada una.

—¿Qué autoriza?

—Tu participación en el caso Solís. Pero no como sustituto estándar. —Una pausa medida—. Como parte de un protocolo experimental de segunda generación que todavía no está en el manual público del programa.

Damien la miró.

—Explícate.

Irina no desvió los ojos.

—El protocolo estándar de sustitución funciona con un desconocido. El paciente proyecta lo que perdió sobre alguien nuevo, y ese proceso de proyección activa los mecanismos de recuperación. —Sus palabras tenían la cadencia de alguien que ha ensayado esta explicación varias veces—. El protocolo experimental de segunda generación usa la fuente original del trauma. No a un desconocido. Al agente causal real.

El silencio que siguió duró lo suficiente como para que la luz de la mañana se moviera un centímetro sobre el escritorio de mármol.

—Me asignaron su caso a propósito —dijo Damien. No era pregunta.

—Sí.

—Sabiendo quién soy para ella.

—Sí.

—Y sin decirme que el protocolo experimental implica que ella eventualmente va a saber quién soy yo.

Irina no respondió de inmediato. Y ese silencio fue más elocuente que cualquier cosa que hubiera podido decir.

—¿Cuándo? —preguntó Damien, con una voz que se había vuelto completamente plana—. ¿En qué punto del protocolo se supone que ella descubre la verdad?

—Día sesenta. —Irina abrió otra página de la carpeta—. El protocolo experimental está diseñado para que el reconocimiento ocurra de manera gradual y supervisada, en el momento en que la paciente ya tiene suficiente reconstrucción de identidad como para procesar la revelación sin desestabilizarse.

—¿Y el video del archivo?

Por primera vez en la conversación, algo en la expresión de Irina cambió. No fue dramático. Fue el tipo de cambio que ocurre en el rostro de alguien cuando una pregunta llega antes de lo que esperaban.

—¿Viste el video.

—Sí.

—¿Todo?

—Suficiente.

Irina cerró la carpeta.

—El video es parte de la evidencia que la Dra. Cruz reunió durante las evaluaciones previas. Muestra el período final de la relación desde un ángulo que ni tú ni Ariadna tienen completamente claro. —Una pausa—. Damien, lo que creyeron que ocurrió en esos últimos meses no es exactamente lo que ocurrió. Hubo una tercera persona involucrada que ninguno de los dos supo identificar en su momento.

La información aterrizó en el pecho de Damien con el peso de algo que reordena el paisaje completo.

—¿Quién?

—Eso —dijo Irina, cerrando la carpeta con una finalidad que era casi teatral—, es lo que el protocolo experimental está diseñado para que descubras junto con ella. No antes.

La sesión del día cinco comenzó a las nueve de la mañana con un cambio que Damien notó antes de que Ariadna abriera la boca.

Había llegado con el cabello suelto, como los primeros días, pero diferente: no con la soltura descuidada del inicio, sino con esa manera particular en que el cabello cae cuando alguien se ha tomado un tiempo en arreglarlo sin querer que parezca que se lo tomó. Llevaba un abrigo más claro que los anteriores, de un beige que era casi crema, y cuando se sentó, lo dobló sobre el reposabrazos del sillón en lugar de mantenerlo puesto.

Era la primera vez que Ariadna Solís entraba a esa sala sin el abrigo oscuro como escudo.

—Estoy mejor —dijo, antes de que él pudiera comenzar con la rutina de apertura. Lo dijo con una honestidad directa, casi sorprendida, como si ella misma estuviera registrando la información en tiempo real—. Esta mañana me desperté y lo primero que pensé no fue en lo que perdí. Fue en el ejercicio de anclaje que vamos a hacer hoy.

Damien anotó en la carpeta.

Dos veces, con el bolígrafo, antes de escribir.

—¿Cómo se siente eso?

—Extraño. —Una pausa—. Pero no de la manera mala. De la manera en que se siente algo que has dejado de esperar cuando aparece de repente.

Había una calidez en su voz que no había estado ahí el primer día. No era euforia ni optimismo fácil, sino algo más sólido y más difícil de construir: la calidez específica de alguien que está empezando a creer, muy despacio y con mucha cautela, que quizás el suelo debajo de sus pies puede volver a ser firme.

Damien sabía que esa calidez era parcialmente el protocolo funcionando.

También sabía que era parcialmente otra cosa. Y esa otra cosa era el problema que Irina había nombrado esa mañana sin usar esas palabras exactas: que el tratamiento estaba funcionando, sí, pero que estaba funcionando anclado a él. No al proceso abstracto. A él específicamente. A su presencia, a su voz, a los gestos que ella reconocía sin saber todavía por qué los reconocía.

Estaba mejorando alrededor de él como una planta que crece hacia la única fuente de luz disponible.

Y cuando llegara el día sesenta y la fuente de luz revelara lo que era en realidad, el riesgo de colapso era proporcional a cuánto había crecido hacia ella.

—Cuéntame más sobre esta mañana —dijo Damien, eligiendo el camino del protocolo porque era el único que podía elegir sin romper algo que todavía podía sostenerse—. ¿Qué hiciste diferente?

—Toqué el piano.

Las palabras cayeron en el centro de la sala con un peso que solo Damien podía calibrar completamente: tres años sin tocar, según el expediente. El piano como uno de los anclajes de identidad que habían trabajado en los ejercicios. El piano como parte de la versión de ella que él había contribuido a desmantelar, no con crueldad deliberada, sino con esa indiferencia elegante que a veces es más dañina que la crueldad porque no da al otro la posibilidad de defenderse.

—¿Y? —preguntó, manteniendo la voz completamente neutral.

—Y recordé por qué lo hacía. —Sus ojos estaban en la ventana, pero eran ojos que miraban hacia adentro—. No para los demás. Solo para mí. Porque hay algo en tocar que es como pensar con las manos, y cuando lo estoy haciendo no necesito que nada tenga sentido con palabras.

Damien no respondió durante un momento.

Luego dijo:

—¿Cuánto tiempo tocaste?

—Cuarenta minutos. —Una pausa corta—. Antes tocaba tres horas seguidas sin darme cuenta.

—Cuarenta minutos es un comienzo.

Ariadna lo miró.

—Sí —dijo, y en esa sílaba había algo que era más grande que la palabra.

El ejercicio de esa mañana era el más físicamente cercano que el protocolo permitía en la primera semana: reconstrucción de memoria táctil, que implicaba que el sustituto y el paciente trabajaran con objetos del kit de anclaje de manera simultánea, con las manos en el mismo espacio aunque sin tocarse directamente.

Damien desplegó los objetos sobre la mesa baja entre los dos sillones: una taza de cerámica, un libro de pasta azul, una partitura enrollada, un frasco pequeño de perfume que había sido seleccionado a partir de la descripción que Ariadna había dado de sus anclajes sensoriales.

Ella los miró con una atención que era diferente a la de los ejercicios anteriores.

—¿Cómo supiste el perfume? —preguntó, tomando el frasco con cuidado, como si fuera algo que podía romperse.

Damien había seleccionado el perfume a partir del expediente. La Dra. Cruz lo había documentado con precisión: gardenia blanca y madera de cedro, con una base de ámbar que Ariadna había descrito en las evaluaciones como el olor de una versión de mí misma que creía que ya no existía.

—Está en el expediente —dijo.

Ariadna abrió el frasco y lo acercó a su muñeca con un movimiento que era completamente automático, completamente suyo, el tipo de gesto que sobrevive incluso cuando todo lo demás ha sido reescrito.

El olor llenó el espacio entre los dos de una manera que Damien no había anticipado, aunque debería haberlo hecho. Era un olor que él conocía. Que había conocido durante tres años, que había dejado de percibir conscientemente después de un tiempo porque los olores que están siempre presentes dejan de registrarse, y que ahora, en esa sala, a esa distancia, llegó con toda la claridad de algo que no se ha olvidado sino que simplemente había estado esperando el momento correcto para volver.

Mantuvo la expresión exactamente donde debía estar.

Los dedos, debajo de la carpeta, se tensaron un segundo.

Y se soltaron.

—Es exacto —dijo Ariadna, con una voz que era más suave que cualquiera que había usado en esa sala—. No lo he usado en tres años.

—¿Por qué dejaste de usarlo?

Una pausa larga.

—Porque él dijo que era demasiado intenso. Que llamaba demasiado la atención. —Sus ojos bajaron al frasco—. Y yo dejé de usarlo.

La frase era pequeña. Lo que contenía no lo era.

Damien la escribió en la carpeta, con todas las implicaciones que tenía, y continuó con el ejercicio.

Fue cerca del final de la sesión cuando Ariadna hizo la pregunta que lo cambió todo.

Habían estado trabajando durante casi dos horas, y el aire de la sala tenía esa densidad particular que acumulan los espacios donde se ha dicho demasiado de lo importante durante demasiado tiempo. Ariadna estaba más quieta que al principio, con esa quietud que no era la ausencia de los primeros días sino algo diferente: la quietud de alguien que está pensando en algo con mucho cuidado antes de pronunciarlo.

Damien estaba cerrando la carpeta cuando ella habló.

—Hay algo que necesito preguntarte.

Él levantó la vista.

El rostro de Ariadna era completamente serio. No con la seriedad defensiva de los primeros días, sino con algo más concentrado, más dirigido hacia adentro y hacia él simultáneamente.

—Pregunta —dijo Damien.

—En cuatro sesiones, ningún ejercicio me ha parecido genérico. Todo lo que traes, los objetos, las preguntas, la manera en que construyes el espacio, tiene una precisión que no encaja con lo que imagino que es un protocolo estándar. —Sus ojos sobre los de él eran completamente directos—. O eres extraordinariamente bueno en tu trabajo, que es posible. O me conoces de una manera que no puede venir solo del expediente.

Damien no respondió.

El silencio se extendió entre los dos como agua que sube despacio.

—Y hay otra cosa. —La voz de Ariadna no subió ni bajó de tono—. Estoy mejorando. Lo sé. Lo siento de maneras concretas que no sentía hace una semana. Pero solo cuando estoy aquí. —Una pausa—. El resto del tiempo, cuando salgo por esa puerta, la mejora no se queda. Desaparece en cuanto pierdo de vista este edificio. Y vuelve cuando entro.

—Eso es parte del proceso —comenzó Damien.

—No. —Ariadna sacudió la cabeza con una suavidad que no era negación sino corrección—. He leído suficiente sobre el protocolo como para saber que eso no debería estar pasando en la primera semana. La mejora debería ser acumulativa, no dependiente de tu presencia.

El corazón del problema, nombrado con una precisión que hizo que Damien sintiera algo frío expandiéndose en su pecho.

—Lo que describes —dijo, eligiendo cada palabra como si el suelo debajo de ellas pudiera ceder—, puede ser una fase normal de las primeras semanas. El anclaje emocional al sustituto es parte del proceso antes de que se consolide.

—Lo sé. —Los ojos de Ariadna no se movieron de los de él—. Pero lo que yo siento no es el anclaje clínico que describe el manual. —Una pausa que duró exactamente lo que dura el momento antes de que algo caiga—. Lo que yo siento es que te reconozco de una manera que no puedo explicar. Y que eso me ayuda. Y eso me da miedo.

Damien abrió la boca.

Ariadna lo detuvo antes de que pudiera hablar.

—Dime la verdad. —Su voz era completamente quieta, completamente devastadora en su quietud—. ¿Me estás ayudando... o estás intentando que no recuerde?

El silencio que siguió fue el más largo de todos los que habían compartido.

Y Damien Arce, sentado frente a la mujer cuya vida había destruido y cuya recuperación dependía ahora de él de una manera que nadie le había explicado completamente cuando aceptó el caso, no encontró ninguna respuesta que pudiera decirse sin romper algo que todavía no sabía si debía romperse.

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