Antes de que terminara de hablar, una sensación de tirón, dolorosamente familiar, me atravesó todo el cuerpo.
Ante mis ojos se extendió un blanco helado y absoluto.
Me habían enviado directamente frente a la unidad de cuidados intensivos del hospital.
El pasillo estaba impregnado de un olor a desinfectante tan fuerte que me revolvió el estómago.
Detrás del vidrio de la sala yacía un cuerpo que me resultaba, a la vez, familiar y ajeno.
Era el cuerpo de Sandra.
Tenía el rostro blanco como el papel