Capítulo 8
Antes de que terminara de hablar, una sensación de tirón, dolorosamente familiar, me atravesó todo el cuerpo.

Ante mis ojos se extendió un blanco helado y absoluto.

Me habían enviado directamente frente a la unidad de cuidados intensivos del hospital.

El pasillo estaba impregnado de un olor a desinfectante tan fuerte que me revolvió el estómago.

Detrás del vidrio de la sala yacía un cuerpo que me resultaba, a la vez, familiar y ajeno.

Era el cuerpo de Sandra.

Tenía el rostro blanco como el papel
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