Mi alma flotaba suspendida en el aire, y desde allí pude ver con claridad cómo todos los que estaban en la puerta se quedaban paralizados al instante.
Miguel trastabilló al lanzarse hacia mí y, con las manos temblorosas, me apretó con fuerza la muñeca herida para intentar detener la hemorragia.
Tenía el rostro blanco como el papel, y la voz apenas le salía de la garganta.
—Sandra… no me asustes… ¡Llamen al médico, rápido!
La herida en su pierna se le abrió de nuevo por el movimiento brusco, pero