Capítulo 4
Fruncí el ceño y respondí con calma:

—Si ya no quiero esa porquería, ¿tampoco puedo tirarla?

El pecho de Ángel subía y bajaba con fuerza. En sus ojos ardían el dolor y la rabia.

De pronto, levantó el pie, pisó el escapulario y lo restregó con saña contra el suelo. Luego soltó una risa helada y burlona.

—De verdad te han malcriado tanto que ya no tienes corazón. ¡Eres una desagradecida, no sabes valorar nada!

—Con razón Alberto prefiere a Beatriz y no a ti. Tú…

—¡Ángel!

Jorge lo interrumpió con un tono más grave de lo habitual.

Con los ojos enrojecidos, Ángel me sostuvo la mirada con intensidad, como si quisiera encontrar en mi rostro aunque fuera una pizca de tristeza o arrepentimiento.

Pero lo único que vio fue un rostro sereno e inmóvil, como la superficie de un estanque sin una sola ondulación.

Tembló de rabia de pies a cabeza y de su garganta brotó un rugido ahogado.

—¡Ese escapulario es de Alberto! ¡Él solo te lo prestó! ¿Con qué derecho lo tiras?

Por dentro me sentía extrañamente en paz. Respondí, sin alterarme:

—Le conseguiré otro.

Mi tono indiferente terminó de encenderlo. Ángel me señaló con furia.

—¡Todavía sigues fingiendo! ¡Muy bien! Entonces sube ahora mismo de rodillas los mil escalones y trae otro escapulario bendecido. Si te saltas aunque sea uno, no contará.

Jorge quiso intervenir, pero Ángel lo detuvo con una sola mirada.

Era evidente que él también pensaba que aquella era una buena oportunidad para darme una lección.

La herida no era grave. Estaban convencidos de que todo había sido una escena para llamar la atención.

Cuando llegamos al santuario, empezó a llover.

Los mil escalones quedaron cubiertos de agua, resbaladizos y helados.

Yo me arrodillé sin vacilar.

La lluvia se me coló en la herida, y el dolor punzante que me atravesó el cuerpo entero me hizo arder hasta los huesos.

Y aun así, era como si no sintiera nada. Solo seguía repitiéndome, una y otra vez, que aquella sería la última vez.

Que lo tomaría como una deuda saldada con Ángel.

No sé cuánto tiempo pasé así, pero al final conseguí el nuevo escapulario.

Estaba completamente empapada y sentía la cabeza pesada; me ardía la frente y todo me daba vueltas.

Cuando empujé la puerta principal de la casa, me encontré de lleno con una bulliciosa celebración.

Beatriz estaba rodeada de gente, con el trofeo del certamen de física en las manos y una sonrisa radiante en el rostro.

Y mi aparición destrozó al instante aquella armonía.

Jorge fue el primero en fruncir el ceño y reprenderme.

—Mírate nada más. ¿No te queda ni un poco de la dignidad que debería tener una hija de esta familia?

Todas las miradas se clavaron en mí al mismo tiempo. En todas había desprecio y fastidio, pero no había ni una sola señal de preocupación.

Ignoré por completo las miradas a mi alrededor y caminé derecho hasta Beatriz. Le dejé el escapulario en la mano.

Ella retiró la mano como si no se lo esperara, aunque en el fondo de sus ojos brilló un destello de satisfacción.

—No hagas esto… yo nunca quise echarte la culpa…

No tenía ni ganas de mirar esa cara de falsa inocencia. Me di la vuelta y me fui.

A mi espalda estallaron las voces de Jorge y Ángel, llamándome y gritándome algo.

No les presté atención.

Entré directamente en mi habitación y cerré con llave.

Saqué del cajón la cuchilla que ya había preparado desde hacía tiempo y, sin dudarlo, me la pasé por la muñeca.

En el instante en que la sangre empezó a brotar, sentí una ligereza como nunca antes.

Del otro lado de la puerta se oyó la voz de Miguel, golpeando la puerta con los nudillos.

—Abre. Tengo que hablar contigo.

Yo ya estaba al borde del desmayo; ni siquiera tenía fuerzas para mover los labios.

Entonces se oyó la voz impaciente de Ángel:

—¡Déjala! Seguro que otra vez está armando un berrinche y haciéndose la víctima. La han consentido tanto que cada día está peor.

Al final, Miguel no insistió más. Sus pasos se fueron alejando poco a poco.

Y yo, por fin, cerré los ojos como tanto había deseado.

Mi alma empezó a elevarse, ligera.

Pero apenas se había alzado un poco, la puerta fue derribada de un golpe brutal.

Jorge entró primero, con el rostro lívido, seguido por Miguel y Ángel.

—Sandra, otra vez tú…

La voz se le cortó de golpe.

Ante ellos, la sangre teñía el suelo entero de rojo.
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