Miguel se quedó paralizado, incapaz de creer lo que acababa de oír.Solté una risa burlona, me aparté de él y fui hacia el conductor del auto negro, que seguía maldiciendo entre dientes.—Luego te transfiero lo de la reparación.Miguel apretó los puños con fuerza. Tenía los ojos enrojecidos en las comisuras.Al principio me sorprendió, pero enseguida entendí por qué.—Ah, claro. No usé dinero de la familia. Esto lo voy a pagar con lo que me gané yo sola…—¡Sandra!Me interrumpió de golpe, como si ya no pudiera soportarlo ni un segundo más.Y, aun así, alcancé a ver en su rostro un dejo de resentimiento.—Eres la única hija de la familia. Aunque tuviera que entregarte toda la fortuna de los Nogueda, yo no diría ni una palabra.Me pareció casi ridículo.Lo miré directo a los ojos.—¿Ah, sí?Su cuerpo se estremeció levemente, como si recién en ese momento hubiera reaccionado.Porque la hija única de la familia, al menos de nombre, era Beatriz.Y yo, la verdadera hija de los Nogueda, no er
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