Volví al orfanato donde crecí.
Desde que murió la directora, María Viveros, el lugar había tenido que cerrar por falta de fondos.
El pequeño edificio, ya en ruinas, había perdido por completo el bullicio de aquellos años. Los muros estaban cubiertos de musgo y el portón de hierro estaba carcomido por el óxido.
Me quedé de pie frente a la entrada, con los ojos ardiéndome un poco.
Cuando era muy pequeña, me abandonaron en la puerta del orfanato.
Fue María quien me recogió y me crio.
Durante mucho