Había dormido mal, y me desperté malhumorado. Me parecía increíble dormir peor que antes de combatir en una batalla, pero aquella endiablada mujer lo había conseguido de nuevo. Me dormí escuchando el llanto que salía de su habitación, y durante varias veces estuve tentado de acudir al cuarto, cogerla en brazos y hacerle de nuevo el amor hasta que se le borraran aquellas lágrimas que bañaban su rostro; pero luego, en cada ocasión, recordé que ella era mi enemiga, una Luna que me había autoimpues