Capítulo 31. ¡Esta cita a ciegas no podría resultar mejor!
Jacob.
La primer hora después de que Dalila me dejara más indefenso que un bebé en el piso la pasé recargado en la pared de la ducha. En algún punto el agua se había vuelto fría, o tal vez nunca abrí el grifo del agua caliente. Como sea, me importaba una mierda.
Mis pensamientos eran caóticos y no podía dejar de repetir algunas escenas en mi mente; sobre todo reviví una y otra vez la mirada dolida de sus ojos cuando quise dictar su sentencia de muerte.
Cerré los ojos y golpeé mi cabeza contra l