HASAN
DÍAS DESPUÉS
La cagué.
En el segundo en que las palabras salieron de mi boca, lo supe. Lo vi en la forma en que Tatiana se quedó paralizada, en cómo el color se le fue del rostro, como si le hubiera arrancado la vida solo con mis palabras crueles. Pero ya era demasiado tarde. El daño ya estaba hecho.
Desde que salió de la enfermería, no me ha dirigido ni una sola mirada. Cinco días. Cinco putos días, y estoy al borde de perder la cabeza por no oír su voz ni verla poner los ojos en blanco cada vez que la saco de quicio.
Ahora, parado frente a su habitación, siento el pecho hundirse. Aprieto los puños a los costados, pero ya ni siquiera sé contra quién estoy enojado: contra ella, contra mí, o contra toda esta situación de mierda que yo mismo creé.
Revivo ese momento en mi cabeza como si fuera una cinta de tortura, cada sílaba regresando a mí más afilada, más cruel, más pesada.
“Lo dice la zorra que se cuela en mi habitación todas las noches y se masturba en mi escritorio… la asque