Después de que mis padres y Carolina se fueron, pude descansar tranquila unos días. Roberto seguía alojado cerca. Ya no entraba por la fuerza a mi habitación ni intentaba obligarme a trasladarme a otro centro.
Cada mañana, la enfermera traía un ramo de campánulas blancas. No eran las rosas blancas que tanto me habían gustado y que después me negué a volver a tocar.
Las rosas blancas siempre se reservaban para Carolina. En los cumpleaños y en las bodas, todos daban por hecho que eran sus flores f