80.

La noche fue solitaria, pero Norah tenía los ojos clavados afuera, hacia el jardín por donde una vez anduvo. Se fue a acostar temprano con un pequeño de dolor en la cabeza, y tal vez en el pecho. No había terminado su cena, el apetito se le había ido con la pesadez y confusión de los sentimientos que la hacían temblar.  

Ese hombre, su esposo, no la amaba. E

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