Él bajó su mirada y no pudo evitar murmurar. El nombre de Alejandro apareció en la pantalla.
— Señor Hernández. — Diego contestó la llamada con el rostro frío.
Javier frunció el ceño con fuerza. Su espalda se separó del respaldo de la silla y se inclinó para escuchar atentamente.
— Señor Pérez, ¿puedo hablar con Irene? Tengo algo importante que decirle. — La voz de Alejandro era baja y grave, con un toque de ansiedad.
— Irene no está libre ahora.
— ¿Cuándo estará disponible entonces?
— Para tí,