—Te atreves a golpearme, soy la tercera señorita de la familia Hernández— Leona se retorcía de un fuerte dolor, empapada en sudor, gemía y se revolvía en el suelo. Pero a medida que protestaba, su voz se hacía más débil y menos segura.
—¿Qué tiene de especial ser la señorita de la familia Hernández? No hay nada que no pueda golpear— Luisana respondió con una sonrisa siniestra, ajustando su cuello. Su mirada era tan fría y siniestra que asustaba incluso a Leona. —Tu vida, ante sus ojos, puede ser