Clara sintió cada aliento de Alejandro en su cuello, ardiente como una llamarada acariciando su piel blanca como la nieve.
Donde rozaba, aparecía un rubor tímido y vergonzoso.
—¡Alejandro! ¿Estás delirando? ¿Qué diablos estás diciendo? ¡Alejandro!
El sudor caliente, empapó la fina bata del hombre y también la ropa de Clara.
Alejandro ardía con una expresión aturdida, su mente nublada, su cuerpo dolorido como si estuviera a punto de desgarrarse, retorcido de dolor.
Solo tenía un pensamiento: abr