Rodrigo se acercó sigilosamente a la cama, con cuidado levantó la delicada mano de Noa, marcada por numerosas heridas, y la acercó devotamente a su adolorida mejilla, acariciándola suavemente en la palma. Luego, inclinó con ternura la cabeza y depositó un tierno beso en su mano.
Normalmente, Rodrigo cuidaba a Noa con gran ternura y devoción, siempre atento y preocupado por su bienestar.
La había cuidado tan bien, pero esas bestias la habían pisoteado cruelmente, dejándola rota.
—Noa, Rodrigo es