Incluso podía imaginar lo duro que Mateo debía de estar maldecir para arruinar la felicidad que tanto le había costado conseguir.
Adrían miraba al imponente hombre, cuya cara palideció repentinamente, sus ojos se humedecieron al instante. Se sintió extremadamente incómodo en lo profundo de su corazón y solo pudo susurrar: —Rodrigo, ya conoces la situación de Noa. En realidad, nuestro señor nunca ha considerado el matrimonio para ella, ella tampoco es adecuada para casarse. Fernando, Alejandro, C