A pocos pasos de distancia, las figuras equilibradas y destacadas de Diego y Teófilo se miraron intensamente.
La luz de la luna brillaba en el rostro claro de Teófilo, derramando una capa de luz suave y delicada que hacía imposible apartar la mirada.
—Diego—titubeó al abrir con ternura los labios.
Diego se acercó a él con pasos decididos, con ojos brillantes y una respiración ligeramente profunda y cálida.
—Diego, lo siento, todo es culpa mía por ser demasiado egoísta, querer estar contigo.
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