Clara y Alejandro quedaron atónitos.
¡Vaya, el abuelo sí que sabe hablar sin reservas!
Pero ¡bien dicho!
—Padre, Elena era mi esposa. Solo vine a verla. ¿Por qué todos me miran con tanta hostilidad? — Enrique ya no podía contenerse, casi perdiendo la compostura frente a su propio padre.
—¿Tu esposa? ¿No era Ema, la condenada a muerte? — Fernando se rio con gran desdén.
La cabeza de Enrique latía de dolor, apretando fuertemente los dedos.
En los últimos veinte años, su padre nunca reconoció a Ema