Alejandro, sin darse cuenta, tenía los ojos completamente llenos de lágrimas.
Madre, si estás en el cielo.
Seguro que puedes escucharlo, ¿verdad?
—¿No me condenaron a treinta años de prisión? ¿Cómo es que ahora es la pena de muerte? ¿Cómo es que ahora es la pena de muerte?
Las mejillas de Ema se retorcían sin control, como si sus nervios estuvieran totalmente muertos, su rostro tan pálido como si toda la sangre se hubiera agotado. —¡Están juzgando sin razón! ¡Voy a apelar! ¡Voy a apelar!
Hugo so