En toda la sala del tribunal, excepto por aquellos a quienes Enrique había dispuesto que se sentaran, no había nadie que no observara a Ema con odio y repulsión.
Incluso su propia hija, Leona, le lanzaba miradas de desprecio y repugnancia hacia esta madre que no la amaba.
Ema se preparó bien para este juicio. Antes de comparecer en el estrado, fue al baño, se maquilló un poco para lucir más desafortunada, pálida y consumida por las difíciles circunstancias diarias. Con esa expresión de pena, rea