Frente a las acusaciones descaradas de Diego, ya no tenía ganas de discutir. Él nunca creía haber hecho algo mal.
—Los papeles de divorcio se pueden imprimir cien veces en un minuto. No tiene caso que sigas evitándolo —le dije.
Diego se levantó furioso, tirando la silla al suelo con estrépito. Caminaba de un lado a otro como un perro rabioso, tratando de calmarse.
—Cariño, si tanto te preocupa, puedo firmar un acuerdo o incluso hacer un testamento. Te prometo que no reconoceré al hijo de Lucía n