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No tenía motivos para temer.
Esa persona era suya.
Su corazón, tarde o temprano, también lo sería.
Él lo sabía.
Dorian se acercó a la mesa con una expresión cálida. Extendió la mano y levantó suavemente el mentón de Rose, dándole un beso en la mejilla. Sonrió con ternura:
—¿Rose ha esperado mucho tiempo?
Rose, sonrojada por el beso, respondió en voz baja:
—…No.
—Entonces, comamos —dijo él.
—Sí —respondió ella con una tímida sonrisa.
Ambos tomaron sus cuchillos y tenedores, listos para disfrutar