Renata se dio la vuelta y se fue. El ascensor empezó a bajar en cuanto se cerraron las puertas.
Apenas salió del edificio, alguien la embistió por detrás y la derribó. Al caer, se golpeó la nuca contra la pared. Jadeó de dolor y, al levantar la cabeza, vio a Joaquín con el celular en la mano y una expresión de urgencia.
—Catalina, espérame.
Colgó, subió a su auto deportivo y pisó el acelerador. El motor rugió y el auto se alejó.
¡El hombre que decía amarla la había derribado sin siquiera darse cuenta!
Con una amarga opresión en el pecho, Renata tomó un taxi y lo siguió. Quería ver quién era aquella Catalina a la que él adoraba tanto.
Cuando bajó frente a la estación de policía, vio a la mujer que Joaquín protegía a unos pasos de allí. Abrió los ojos, incrédula.
Era Catalina Ortega, la chica que la había acosado en la secundaria y le había provocado tantas pesadillas.
Todo había empezado porque alguien había dicho que Renata era bonita. Desde entonces, Catalina no la había dejado en paz. Le cubría el asiento de pegamento instantáneo; le metía cucarachas y ratones en el estuche; le rompía las tareas sin motivo. Cuando eligieron a Renata para presentar la celebración del aniversario de la escuela, Catalina incluso la obligó a beber un vaso lleno de agua con chile.
¿Una persona tan malvada era la mujer "libre y radiante" de la que hablaban los amigos de Joaquín? Qué ironía.
Catalina protestaba, furiosa:
—Quería darte una sorpresa al volver al país, por eso venía tan rápido. ¡No choqué a propósito contra el auto de adelante! ¿Por qué tenían que detenerme? Qué fastidio.
Joaquín sonrió con resignación y le acarició la cabeza, mimándola.
—Por complicado que sea, yo voy a solucionarlo.
La voz era la de siempre, pero contenía una ternura real que Renata nunca le había oído.
Catalina sonrió por fin.
—Eso sí te lo creo. Hasta organizaste aquel secuestro para ganarte a esa mujer. Casi pierdes la vida, y todo para que al final pudiéramos casarnos. ¡Nadie me quiere como tú!
Renata se quedó paralizada y los ojos se le enrojecieron.
Había pasado tanto tiempo sintiéndose culpable por creer que lo había arrastrado a una desgracia que no merecía. Pero el responsable de todo era él. Aquel instante aterrador en el que se había enamorado no había sido más que una trampa preparada de antemano.
La rabia ante aquella injusticia, la desesperación y el dolor la desgarraban por dentro.
—¿Está bien? ¿Necesita ayuda? —preguntó una policía al advertir su palidez.
Joaquín oyó la voz y se volvió. Cuando sus miradas se encontraron, el corazón le dio un vuelco.
—Renata, ¿qué haces aquí? ¿Cuándo… llegaste?
Sonaba preocupado. Pero ella sabía que solo temía que hubiera escuchado sus secretos.
—Acabo de llegar.
Aún no era el momento de enfrentarlo. Contuvo las emociones que se agitaban en su interior.
—Perdí algo. Vine a reportar la pérdida.
Joaquín soltó el aire, aliviado.
—¿Qué perdiste? Puedo pedir que te ayuden a buscarlo.
Renata lo miró un momento en silencio y luego negó con la cabeza.
—Déjalo. Ya no quiero buscarlo.
Había perdido aquel amor que creía correspondido. Pero, si siempre había sido un engaño, ¿cómo iba a recuperarlo? No tenía sentido seguir buscándolo.
—Está bien —respondió él sin darle importancia—. Después compramos otro.
Catalina se acercó con una sonrisa radiante.
—Así que te casaste con una antigua compañera mía. Qué coincidencia. En la secundaria éramos inseparables, ¿verdad, Renata?
Aquel tono despreocupado la devolvió al pasado. Después de maltratarla, Catalina siempre sonreía con aire inocente y decía:
—Solo es una broma entre amigas, ¿verdad?
Renata cerró los puños, pero le sostuvo la mirada.
—Qué coincidencia, sí. Resulta que la que me acosaba en la secundaria ahora es mi cuñada.
Joaquín frunció el ceño, sorprendido.
—Renata, ¿la chica que me dijiste que siempre te maltrataba era Catalina?