El beso de Armando fue muy suave, como si estuviera tratando a una mujer amada. Su ternura hizo que mi corazón latiera incontrolablemente. No entendía por qué de repente parecía una persona diferente, pero esta versión de él me hacía sucumbir sin querer.
Me quedé quieta, permitiéndole besarme, con la mente en blanco, olvidando por completo apartarlo.
Después de lo que pareció una eternidad, Armando finalmente me soltó, aunque parecía reacio a hacerlo. Sus ojos negros aún brillaban con diversión,