No solo eso, ella dejó escapar un par de suspiros suaves. Con una expresión de advertencia, Mateo le sujetó la mano con fuerza, con una voz rasposa y llena de sufrimiento le dijo:
—Mariana, deja de jugar...
Al escuchar el sonido, Viviana se derrumbó por completo.
—¡¿Qué están haciendo?! —gritó con desesperación—, ¡Mateo...!
Del otro lado de la línea, Viviana lloraba desconsolada tanto que no podía hablar con claridad. Su madre, Antonia, tomó apresurada el teléfono, sollozando mientras le contab