—¿Corny? —Lo llamé, curiosa, reconociéndolo fácilmente incluso con la visión un tanto borrosa. Es imposible confundir esos anchos hombros.
—¿Maya? —Su voz parece sorprendida, aliviada y desesperada, todo a la vez, y casi me caí hacia atrás cuando corrió en mi dirección. —¡Maya! ¿Estás bien?
—¿Hm..? —Entrecerré los ojos al percibir que, además de todo, sus ojos están enrojecidos, como si estuviera a punto de llorar. —Estoy bien… ¿Y tú?
—¡Dios mío! ¡Qué susto! —Me tiró bruscamente, apretándome en