Narra René.
Descargo mi ira en el gimnasio cada que encuentro un respiro. El teléfono no para de vibrar. Sé que mi hermosa mujer está más que preocupada.
Pero ni sus manos, su boca, sus palabras o su mirada pueden hacerme sentir mejor ahora. Pues, verla a los ojos, significa ver nuestro cruel destino. Uno en donde yo la metí, y los metí a todos por mi egoísta elección.
—¿Por qué dices todo eso? —me cuestiona Gregory, del otro lado de la línea.
No puedo acudir ahora a Karen, no puedo hacerle ent