Capítulo 2
POV de Chantelle

A la mañana siguiente, muy temprano, me despertó la voz de Rykel hablando por teléfono.

Estaba en la cocina, siguiendo una receta en internet para preparar desayuno nutritivo mientras le tarareaba una canción de cuna a Joey, que no podía dormir y seguía al otro lado de la línea.

Qué hombre tan ocupado.

Cuando me vio acercarme, por fin colgó.

—Hay café en la mesa.

Lo ignoré, me senté a la mesa del comedor y aproveché aquel breve silencio para cabecear un poco.

—Oye, despierta. El desayuno está listo —dijo Rykel mientras acomodaba los platos con cuidado.

Justo cuando estaba a punto de probar la avena, extendió la mano y me quitó la cuchara.

—Espera. Déjame tomar una foto.

Tocó la pantalla de su teléfono y, con un clic, tomó una foto y se la envió a Joey.

Solo entonces me devolvió la cuchara.

—Come.

Pero de repente se me había quitado el apetito.

Me recosté contra la silla y pregunté:

—¿Por qué se la enviaste?

—Ella quería verla —respondió Rykel—. Todavía es joven, así que siente curiosidad por todo. Incluso preguntó por el pijama que te compré.

—Así que también le compraste uno —dije.

Rykel hizo una pausa, quizá porque notó mi mal humor.

No respondió.

—Vi las fotos que tomaste cuando fuiste a su casa. Llevaba el mismo pijama que yo.

Era una pequeña camisola de encaje bastante reveladora. En la foto, Joey enlazaba el brazo con el suyo con total naturalidad y, si él bajaba la mirada aunque fuera un poco, podía ver prácticamente todo debajo de la camisola.

Y esa no había sido la única vez que ocurría algo así. Joey parecía empeñada en imitarme en todo.

Quería llevar el mismo peinado ondulado que yo y usaba exactamente el mismo tono de labial.

Incluso cuando Rykel y yo viajamos y elaboramos a mano un recuerdo en un sitio turístico, ella quiso uno idéntico.

Pero, por supuesto, eso era imposible.

Así que Rykel cedió ante sus ruegos coquetos y se lo dio.

El recuerdo en el que yo misma había grabado la fecha de nuestro aniversario de bodas terminó así en casa de otra persona.

—No me gusta esto —dije.

Rykel parecía completamente indiferente.

—Vamos, tampoco es para tanto. Dijo que tus diseños eran geniales y que te admira. ¿Qué tiene de malo que quiera las mismas cosas?

Ya no tenía nada más que decir.

Supuse que debería estar enojada. Que debería discutir con Rykel como hacía antes, hasta que ninguno de los dos estuviera dispuesto a ceder. Pero por dentro me sentía tan tranquila como el agua de un estanque.

Tan tranquila que ni siquiera el viento más fuerte habría sido capaz de agitarme.

—Sí. Tienes razón —asentí.

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