—¿No desayunaste? —indagó, sorprendida.
—¿Y dejarte sola comiendo? No, quiero verte comer.
Kelly frunció el ceño.
—¿Por qué harías eso? Es raro.
—Por el simple placer de poder verte, amore. Eres mía y, además de estar en ti, quiero verte en todo lo que haces.
Ella lo observó largo rato.
—¿Debería preocuparme?
—Y yo, ¿debería preocuparme?
—¿De qué? —preguntó sorprendida.
Él se acercó más a ella, bajó hasta la curva de su cuello y le regaló unos suaves mordiscos que calmó con besos.
—De que me ha