Capitulo 6

Capítulo 6: Los fantasmas del pasado

Palacete de los Delacroix – 1 de la madrugada

La noche había caído sobre París, pesada y silenciosa. Camila no lograba conciliar el sueño. Sentada en el sillón de su padre, frente a la chimenea apagada, daba vueltas entre sus dedos una vieja fotografía amarillenta.

Una mujer pelirroja, sonriendo a la cámara, con un bebé en brazos. Su madre. Se había marchado sin una palabra cuando ella tenía cuatro años. Un vacío abismal que había intentado llenar toda su vida.

Alejandro entró sin llamar, con dos tazas de té humeante en las manos. Dejó una sobre el reposabrazos.

—Todavía no has pegado ojo.

—Estoy pensando en ella. —Camila le mostró la fotografía—. En mamá. Y en por qué acepté casarme con Lucas.

Él se sentó frente a ella, grave.

—Porque querías ser amada.

—No. —Ella negó con la cabeza—. Porque quería demostrar que merecía serlo. Que no era esa niña abandonada, condenada a no importarle nunca a nadie.

Alejandro dio un sorbo al té, dejando que el silencio se alargara.

Flashback – Diez años atrás

Camila tenía dieciséis años. Acababa de ganar un premio nacional de algoritmia, y su padre, Enrique Delacroix, la había llevado a cenar al Fouquet's. Él estaba orgulloso, por una vez. Le había dicho: «Eres una Delacroix. Llevas el genio en la sangre».

Pero aquella noche, como tantas otras, sus pensamientos se habían desviado hacia su madre. ¿Por qué se había ido? ¿Acaso era culpa suya? ¿Acaso le faltaba amor?

Le había preguntado a su padre, con lágrimas en los ojos. Enrique había bajado la cabeza, largo tiempo en silencio. Luego había confesado: «Tu madre se fue porque no sabía amar. No por tu culpa. Nunca por tu culpa».

Camila había querido creerle. Pero en el fondo, una herida seguía abierta. Un miedo visceral a no ser nunca lo suficientemente amable, lo suficientemente interesante, lo suficientemente algo como para que alguien se quedara.

Años después, cuando Lucas Moreau le propuso aquel matrimonio blanco, ella vio una oportunidad. Si acepta casarse conmigo, aunque sea sin amor, es porque al menos me encuentra soportable. Y con el tiempo, quizá llegue a quererme. Quizá le demuestre que lo merezco.

Lo había dado todo. Su discreción, su dulzura, su disponibilidad. Y él no había visto nada. Nada.

Presente – Palacete

Camila dejó la fotografía sobre la repisa de la chimenea. Sus dedos acariciaron la madera tallada.

—He pasado cuatro años intentando matar dos pájaros de un tiro: curar mi infancia y ganarme su corazón. He fracasado en ambos frentes.

Alejandro dejó la taza.

—No has fracasado. Es él quien no ha sabido mirar.

—Es lo mismo. —Se levantó y fue hacia la ventana. Afuera, la ciudad se extendía, constelada de luces—. Pero ahora voy a mirarme a mí misma. Y voy a recordar quién soy.

—¿Quién eres, Camila?

Ella se volvió. En sus ojos brillaba un destello nuevo, casi salvaje.

—Una heredera. Una cirujana. Una hacker. Una esgrimista. —Contó con los dedos—. Y una mujer que no tiene nada que perder.

A la mañana siguiente – 9 de la mañana

Camila había citado a tres personas en la biblioteca. La primera en llegar fue el doctor Werner, un viejo cirujano ya jubilado que había sido su mentor en el internado.

—¡Camila, muchachita! —La besó en ambas mejillas—. Dejaste la medicina por ese matrimonio, ¿y ahora me llamas? ¿Qué ocurre?

—Vuelvo al servicio, doctor. —Le tendió un expediente—. Necesito un puesto en el hospital San José. Cirugía general, con especialización en traumatología.

El doctor Werner hojeó el expediente, impresionado.

—Tus títulos siguen vigentes. Pero tienes cuatro años de interrupción...

—Me he mantenido al día. —Sacó su ordenador y mostró una serie de artículos médicos recientes, anotados de su puño y letra—. He seguido las conferencias en línea, participado en seminarios web. En realidad nunca he dejado de hacerlo.

Él la miró, admirado.

—Te meto el lunes mismo.

A las diez llegó Bernardo, el mayordomo, pero también antiguo maestro de esgrima. Camila le tendió un florete.

—Quiero retomar el entrenamiento. Intensivo. Todos los días.

Bernardo tomó el arma, sopesándola.

—No ha perdido el pulso, señorita. Pero la competición de aquella noche...

—No quiero ganar un torneo. Quiero ser capaz de defender mi vida si es necesario. —Su mirada era de acero—. Y de herir la de mis enemigos, simbólicamente.

Bernardo asintió, grave.

—Reúnase conmigo en la sala a las cinco de la tarde.

Por último, a las once, Camila cerró la puerta con llave. Sacó un ordenador portátilo cifrado, encendió una VPN militar y se conectó a un servidor que conocía de memoria.

Su seudónimo: CMD. Hacker de élite, nunca descubierta, temida en los círculos subterráneos.

Tecleó una serie de comandos y, en pocos minutos, tuvo acceso a los servidores del grupo Moreau. No para hacer daño —aún no—. Solo para observar.

Las cuentas de Lucas eran más frágiles de lo que él creía. Un préstamo tóxico, una cláusula de no competencia y socios dispuestos a abandonarlo ante el primer signo de debilidad.

Perfecto.

Tomó notas, planeó las etapas. Primero, humillarlo en público. Segundo, arrebatarle sus contratos. Tercero, aislarlo de todos sus apoyos. Cuarto, ofrecerle una salida —que él sería demasiado orgulloso para tomar.

La caída será lenta. Y deliciosa.

Comida – con Alejandro

Comieron en el pequeño comedor familiar, lejos de los dorados de la sala de recepciones. Una sopa, una ensalada, queso. Camila siempre había preferido la sencillez.

—Entonces —preguntó Alejandro—, ¿está decidido?

—Está decidido. —Untó mantequilla en una tostada—. Voy a destruirlo metódicamente, sector por sector. Negocios, reputación, relaciones.

—¿Y Ofelia?

Camila levantó una ceja.

—No es más que un peón. Me encargaré de ella primero. La galería ya está embargada. Acudirá a Lucas por dinero, y Lucas, ahogado por sus propias deudas, no podrá ayudarla.

—¿Y si él acude a ti?

—Ni siquiera sabe que soy yo la directora del banco. —Mordió la tostada—. Y cuando lo sepa, será demasiado tarde.

Alejandro la miró largamente.

—Te has vuelto despiadada.

—No. —Se limpió los dedos—. Me he vuelto lúcida.

Final de la tarde – sala de esgrima

Bernardo había preparado la sala: tapiz, floretas, máscaras. Camila se puso el traje, ajustó la máscara. En el espejo vio su reflejo —una guerrera con armadura blanca.

—Ataque —ordenó Bernardo.

Se abalanzó sobre él. Durante una hora encadenaron asaltos, paradas, fintas. Su condición física había sufrido, pero su técnica estaba intacta. Mejor aún: la rabia le daba una velocidad nueva.

Bernardo, sin aliento, levantó la mano.

—Muy bien, señorita. Está usted preparada.

—¿Preparada para qué?

—Para enfrentarse a su pasado.

Ella se quitó la máscara, con el cabello pegado a la frente. En sus ojos no había ni una lágrima. Solo una llama.

—Mi pasado, lo entierro. El futuro, lo construyo.

20 horas – ático de Lucas

Estaba solo. Ofelia había intentado localizarlo, pero él había ignorado sus llamadas. Las revelaciones sobre sus deudas lo habían asqueado. Necesitaba pensar.

Sobre su escritorio estaba el expediente sobre Camila —lo que el detective privado había podido reunir en tres semanas. Casi nada. Una mujer sin pasado, sin familia, sin historia.

O mejor dicho: una mujer que lo había borrado todo.

¿Por qué? ¿Por qué ocultar su nombre, su fortuna, sus talentos? ¿Para casarse con un hombre que no la amaba, en un matrimonio arreglado? No tenía ningún sentido.

A menos que buscara otra cosa. Amor. Reconocimiento. Una prueba de que merecía ser amada.

Lucas cerró el expediente, con el corazón encogido. Por primera vez vislumbró la verdad: Camila no era una bellísima idiota. Era una herida de guerra disfrazada de esposa modelo.

Y él había caminado sobre sus heridas durante cuatro años.

Idiota. Idiota. Idiota.

Cogió el teléfono, desbloqueó el número de Camila —ella lo había bloqueado, pero él podía dejar un mensaje. Solo uno.

«Camila. No te pido que me perdones. Pero déjame entender. Déjame reparar, al menos en parte.»

Lo envió. Luego se quedó esperando, sabiendo que ella no respondería.

En algún lugar, al otro lado de la ciudad, Camila recibió la notificación. Leyó el mensaje una vez, dos veces.

Le temblaron los dedos. Una parte de ella —la niña abandonada— quería responder, tender la mano. Pero la otra parte, la guerrera, aplastó el impulso.

Borró el mensaje sin terminarlo de leer.

—Nunca más.

Apagó el teléfono móvil y, en la oscuridad, sonrió.

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