EPÍLOGO
La fuerza con la que Sergei me besa, realmente me hace perder la cabeza y todos mis estribos. El italiano me agarra con vehemencia de mis caderas para así poder colocarme sobre el borde de la cama, mis dedos se deslizan por el borde de la americana que está usando en el día de hoy y la tiro a un lado para que no haya nada más que separe nuestros cuerpos. Muerdo un poco su labio inferior logrando que el rubio que me devora a su antojo suelte un pequeño gruñido.
Han sido casi dos años jun