CAPÍTULO 40
SERGEI RUSSO
Sus mejillas están tan rojas que deslizo mis dedos por su suave piel solo para intentar controlar mi impulso. Este tipo de declaraciones ya no le dan miedo; es como si mi pequeña mujer ya se hubiese moldeado para mí y solo para mí. Agarro con firmeza sus manos para colocarlas por encima de su cabeza. Sus ojos mira mi boca y debo arrancarle más de un suspiro por la forma en que me ha visto.
Restriego mi polla endurecida sobre su ombligo, Dara es como una jodida obra de a