Isabella soltó un grito desgarrador. El dolor en su rostro la hizo hacer una mueca mientras se llevaba la mano temblorosa a la cara.
¡Sangre!
Su palma estaba cubierta de sangre brillante y escarlata.
—Tú... tú... —tartamudeó Isabella con los ojos desorbitados y la voz distorsionada— María, ¡maldita zorra! ¿¡Cómo te atreves a arruinar mi rostro!?
—¡Ja! —Esta vez fui yo quien soltó una risa fría.
Y con otro movimiento rápido, hice un segundo corte que, junto con el primero, formó una perfecta "X".