Capítulo 11. La guarida de los leones
"Augusto"
Isabella estaba espectacular. Si no fuera por la expresión seria y la aparente incapacidad de sonreír de forma espontánea, diría que era una mujer nueva. Pero seguía cargando esa expresión tensa y triste en el rostro.
Cuando llegamos, ella miró a su alrededor con asombro. Me preparé para llevarla a la guarida de los leones. Entramos juntos y puse la mano en su espalda, justo donde terminaba el escote. Sentí su piel cálida contra mi mano. No podía negarlo —si Isabella quisiera, podría