Me había quedado sola en la recepción. Esa mínima discusión que tuve con Dante fue suficiente para alterar mi humor y empeorarlo, por lo que estaba sentada en la silla de la recepción, apoyando mi antebrazo en el mesón y tocando la cerámica en movimientos repetidos con mis uñas.
Tal vez me sentía ansiosa porque no llegaba nadie, me parecía extraño que Dante fuera el único en aparecerse a tempranas horas, si cuando estaba casada con él solía llegar tarde al trabajo todo el tiempo, según lo que m