—Tranquila, quiero que esperes dos meses —hice muecas y papá me despeinó el cabello—. Te acomodas en esta casa, te dedicas a los estudios y dejas que se calme la marea. Me encargaré de tus gastos, déjame aportar y calmar mis demonios —su voz es un ruego.
No estoy muy de acuerdo, pero si se siente mejor de esa forma, cederé. Nunca he tenido que pedir dinero para mis cosas personales y me sentiré rara de inicio. Sin embargo, necesito tiempo para procesar los cambios y el rumbo que tomará mi vida.