Mundo de ficçãoIniciar sessãoJulia se quedó inmóvil, incapaz de apartar la mirada.
Frente a ella, Sam William le sonreía con la misma calidez de antes. Había cambiado. El joven despreocupado que había conocido en la universidad había dado paso a un hombre seguro de sí mismo. Su traje perfectamente confeccionado, su elegante apariencia y la seguridad de su mirada no dejaban lugar a dudas: había triunfado. Sam la observó durante unos instantes antes de soltar una suave carcajada. —Entonces… ¿ni siquiera me reconociste? Julia negó ligeramente con la cabeza antes de esbozar una pequeña sonrisa. —No es eso… Es solo que han pasado casi cinco años. —Cinco años, tres meses y doce días —corrigió él con diversión. Ella lo miró sorprendida. —¿De verdad lo recuerdas? Él se encogió de hombros, un poco incómodo. —Digamos que… los conté. Julia no supo qué responder. Un silencio se instaló entre ellos, pero no resultó incómodo. Entonces la expresión de Sam cambió. Su sonrisa desapareció al notar la palidez de su rostro. —Julia… ¿estás segura de que estás bien? Por instinto, ella apretó con más fuerza su bolso. En su interior estaba la ecografía de su bebé. Su secreto. —Sí… —respondió suavemente—. Solo estoy un poco cansada. Sam comprendió que ella no le estaba contando toda la verdad. Pero decidió no insistir. En su lugar, abrió la puerta de su coche. —Déjame llevarte a casa. Julia negó con la cabeza. —No hace falta. —Por favor. Su voz era tranquila, sin ejercer la menor presión. —Realmente no pareces encontrarte bien. Ella dudó durante unos segundos. Finalmente, asintió ligeramente. —De acuerdo… gracias. --- El coche se incorporó a las concurridas calles de la ciudad. A través de la ventanilla, Julia observaba a los transeúntes pasar sin realmente verlos. El silencio dentro del vehículo no resultaba pesado. Al contrario. Le hacía bien. Sam fue el primero en hablar. —¿Sigues trabajando en diseño? La pregunta le oprimió el corazón. Bajó ligeramente la mirada. —No. —¿Cambiaste de profesión? Ella negó suavemente con la cabeza. —Lo dejé. Sam giró brevemente la mirada hacia ella. —¿Por qué? Julia permaneció en silencio. ¿Cómo podía explicarle que había abandonado la carrera de sus sueños para proteger al hombre que amaba? ¿Que había dejado de lado sus ambiciones para convertirse únicamente en «la señora NLE»? Las palabras se negaban a salir. Después de un largo silencio, respondió simplemente: —Las cosas cambian… Sam comprendió de inmediato que no quería hablar del tema. No insistió. —Por mi parte, he regresado para abrir una sucursal aquí. Julia recuperó una ligera sonrisa. —Felicidades. Me alegro mucho por ti. —Gracias. Pasaron unos segundos. Entonces Sam respiró discretamente antes de hablar en voz más baja. —Sabes… muchas veces he pensado en ti. Julia sintió que el corazón se le encogía. Los recuerdos de sus años universitarios regresaron de inmediato. En aquella época, Sam le había confesado su amor con una sinceridad que la había conmovido. Pero ella lo había rechazado. Porque su corazón ya pertenecía a Rodríguez. Ahora, a pesar de sí misma, se preguntaba si aquella decisión realmente le había dado la felicidad que esperaba. --- Al mismo tiempo, en la sede del grupo NLE… La puerta del despacho de Rodríguez se abrió sin previo aviso. Diana entró con su habitual seguridad. —¿Tienes un minuto? Rodríguez levantó la mirada de su ordenador. —Entra. Ella se acercó a su escritorio y dejó su teléfono frente a él. —Mira. En la pantalla aparecía una fotografía. Julia. Sentada en el asiento del copiloto de un coche. A su lado, Sam William le hablaba con una cálida sonrisa. Julia parecía responderle con la misma dulzura. La mirada de Rodríguez se quedó fija. Sus dedos dejaron de moverse sobre el teclado. —¿Quién es ese hombre? Su voz sonó más fría de lo que pretendía. Diana fingió pensar durante unos segundos. —Si no me equivoco… se llama Sam William. He oído que ha regresado para establecerse definitivamente en el país. Rodríguez continuó mirando la fotografía. Una sensación desagradable le oprimió el pecho. No le gustaba aquella imagen. No le gustaba ver a Julia sonriendo a otro hombre. Aquella reacción incluso lo sorprendió. Después de todo… Él nunca había afirmado amarla. Entonces, ¿por qué aquella repentina ira? Diana observó discretamente su rostro. El ligero pliegue entre sus cejas. Su mirada, ahora más oscura. Una sonrisa casi imperceptible apareció en la comisura de sus labios. La primera semilla de los celos acababa de ser sembrada. Y ella pensaba hacer todo lo posible para verla crecer. --- Unos minutos más tarde, el coche de Sam se detuvo frente a la villa de los NLE. Julia se desabrochó el cinturón. —Gracias por traerme. —No ha sido nada. Ambos salieron del vehículo. Cuando Julia estaba a punto de atravesar el portón, Sam la llamó suavemente. —Julia. Ella se giró. Él sacó una tarjeta de visita de su cartera y se la tendió. —Si algún día necesitas ayuda… por cualquier motivo… llámame. Su mirada era sincera. Sin segundas intenciones. Julia tomó la tarjeta con una sonrisa agradecida. —Gracias, Sam. En ese mismo instante, el sonido de un motor resonó detrás de ellos. Un sedán negro se detuvo bruscamente frente a la villa. La puerta se abrió. Rodríguez bajó del vehículo. Su mirada recorrió inmediatamente la escena. Julia. Sam. Y luego la tarjeta de visita que todavía sostenía su esposa entre los dedos. Su expresión se endureció al instante. El ambiente pareció volverse más pesado. Rodríguez avanzó unos pasos. Su voz, aparentemente tranquila, era gélida. —¿Quién es ese hombre? El silencio cayó entre los tres. Julia sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho. Por primera vez desde el comienzo de su matrimonio… Rodríguez parecía realmente molesto. Y aquella ira, que todavía se negaba a comprender, acababa de nacer.






