capítilo 3

El teléfono volvió a vibrar entre los dedos de Julia.

Ella se quedó mirando la pantalla sin moverse. Luego volvió a leer el mensaje. Una vez. Dos veces. Tres veces, como si las palabras pudieran cambiar.

«Señora NLE, los resultados de sus exámenes están listos. Por favor, acuda a la clínica lo antes posible.»

Se le cerró la garganta.

Desde hacía varias semanas, su cuerpo le enviaba señales que ya no podía ignorar. Las náuseas al despertar, los mareos repentinos, aquel cansancio que parecía haberse instalado en su cuerpo… Al principio, lo había atribuido al estrés. Después de todo, vivir junto a un hombre que no la amaba era suficiente para agotar a cualquiera.

Pero su médico había preferido asegurarse.

¿Y si…?

Cerró los ojos durante un segundo.

No. Se negaba a hacerse ilusiones antes de tener una respuesta.

—¿Julia?

La voz de Rodríguez la hizo sobresaltarse.

Ella levantó inmediatamente la cabeza.

—Casi no has comido.

Forzó una ligera sonrisa.

—No tengo mucho apetito.

Su mirada permaneció sobre ella durante unos segundos. Parecía dudar si hacerle más preguntas.

Pero una voz femenina interrumpió aquel breve momento.

—Rodríguez, ¿puedo pedirte prestado unos minutos?

Diana acababa de acercarse a su mesa con su habitual sonrisa segura.

Rodríguez se levantó casi de inmediato.

—Claro.

Esas dos palabras bastaron para que el corazón de Julia se hundiera.

Ni siquiera se molestó en preguntarle si le parecía bien.

Ni una mirada.

Ni una duda.

Simplemente se marchó con Diana, como si Julia no fuera más que una presencia silenciosa entre los invitados.

Ella los siguió con la mirada.

Caminaban uno al lado del otro con una facilidad desconcertante. Reían suavemente. En aquel instante, parecían dos personas que jamás se hubieran separado.

A su alrededor, las conversaciones volvieron a escucharse.

—¿Recuerdas lo enamorados que estaban?

—Todo el mundo estaba convencido de que terminarían casándose.

—Quizá ahora tengan la segunda oportunidad que merecen…

Julia bajó la mirada.

Cada frase le desgarraba un poco más el corazón.

Ya no quería escuchar nada.

Sin llamar la atención, apartó suavemente la silla y salió del salón de recepción.

---

Afuera, el aire fresco acarició su rostro.

El ruido de la celebración se fue apagando poco a poco detrás de ella. Solo algunos coches atravesaban la calle, mientras las luces de la ciudad brillaban en la noche.

Julia respiró profundamente para calmar los latidos desordenados de su corazón y luego llamó a un taxi.

Veinte minutos después, atravesó las puertas silenciosas de una clínica privada.

El olor familiar de los desinfectantes le provocó inmediatamente un ligero mareo.

El médico la recibió con una sonrisa tranquilizadora.

—Buenas noches, señora NLE. Tome asiento.

Julia se sentó frente a él. Tenía las manos tan frías que las apretó una contra otra para ocultar el temblor.

El médico abrió su expediente.

—Sus análisis son excelentes.

Por fin, soltó el aire que había estado conteniendo durante todo el trayecto.

Pero el médico levantó la mirada hacia ella con una sonrisa aún más cálida.

—Y… felicidades. Tiene aproximadamente siete semanas de embarazo.

El tiempo pareció detenerse.

Embarazada…

La palabra resonó durante largo rato en su mente.

Casi sin darse cuenta, Julia llevó una mano hasta su vientre.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Un bebé.

El suyo.

El de ambos.

Durante un instante, se permitió soñar.

Imaginó a Rodríguez enterándose de la noticia. Su rostro iluminándose. Sus brazos rodeándola. Su hijo siendo recibido con alegría. Una verdadera familia.

Entonces aquella imagen desapareció de golpe.

En su lugar apareció la escena que había presenciado unas horas antes.

Rodríguez mirando a Diana con una ternura que nunca le había mostrado a ella.

Su corazón se encogió.

La sonrisa que acababa de aparecer en sus labios se desvaneció lentamente.

El médico observó su silencio con preocupación.

—Señora NLE… ¿se encuentra bien?

Julia se secó rápidamente las lágrimas que habían recorrido sus mejillas.

—Sí… Perdón. Solo necesito un poco de tiempo para asimilarlo.

El médico asintió comprensivamente.

Unos minutos después, Julia salió de la clínica con su expediente médico apretado contra el pecho.

La noche estaba tranquila.

Levantó la mirada hacia el cielo, incapaz de contener todas las emociones que se agolpaban en su corazón.

Estaba feliz.

Inmensamente feliz.

Pero aquella felicidad tenía un sabor amargo.

Sabía que Rodríguez seguía siendo prisionero de sus sentimientos por Diana. Su corazón todavía pertenecía a otra mujer.

Entonces, ¿cómo podría decirle que iban a tener un hijo?

Permaneció inmóvil durante un largo momento antes de tomar una decisión.

No.

No ahora.

Mientras él no la eligiera por voluntad propia, mientras permaneciera a su lado únicamente por obligación, ella guardaría aquel secreto.

Aquel niño merecía ser recibido con amor, no con culpa.

Julia guardó cuidadosamente el expediente en su bolso.

Respiró profundamente, colocó una mano protectora sobre su vientre y susurró con voz quebrada:

—Mi bebé… te prometo que te protegeré. Aunque tenga que enfrentar todo esto sola.

Por primera vez en mucho tiempo, su mirada recuperó un brillo de determinación.

No importaba la cuenta regresiva que la acercaba al divorcio.

No importaba qué mujer eligiera Rodríguez.

A partir de aquella noche, ya no viviría únicamente para salvar su matrimonio.

Lucharía por ella misma.

Y por el niño que ya estaba creciendo dentro de ella.

Sin saberlo, aquella decisión cambiaría para siempre el destino de toda la familia NLE.

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